Crónicas de la Industria
drásticas. Circulaban historias de la- drones que entraban en invernaderos para robar piñas, con la esperanza de venderlas rápidamente y obtener una ganancia inesperada. El simple hecho de caminar por la calle con una piña podía convertirte en objeto de envidia o sospecha. Para la mayoría de la gente, lo más cerca que estaban de una piña real era a través de la imitación. La piña aparecía en papeles pintados, cubiertos, muebles, vestidos e incluso moldes para postres. Se convirtió en un símbolo aspiracional, de elegancia inalcanzable. Con el tiempo, el auge de los barcos de vapor y la refrigeración hizo que el transporte de fruta tropical fuera más seguro y confiable. A finales del siglo XIX, las piñas se volvieron accesibles para el consumidor promedio, y la moda de la élite se desvaneció. Sin embargo, su legado perdura. Basta con mirar la final de Wimbledon, donde el trofeo del campeón (diseñado a finales del siglo XIX) está coronado nada menos que con una piña. Pocos saben el por qué; pero ahora tú sí. LOCOS POR EL APIO Resulta difícil creer que la humilde base de la merienda de un niño —pa- litos de apio con mantequilla de maní y pasas— fuera en su día un poderoso símbolo de riqueza y sofisticación. Pero el apio —sí, el apio— disfrutó en su día de un momento de glamour entre la élite. Mientras la aristocracia inglesa se obsesionaba con las piñas, otra moda se arraigaba silenciosa- mente, esta vez, en el huerto. A principios del siglo XIX, el apio comenzó a cultivarse en los humedales pantanosos de la región inglesa de Anglia Oriental. Pero a diferencia del huerto común, el apio era notoriamente difícil de cultivar. Su naturaleza caprichosa significaba que pocos podían producirlo con éxito, lo que, según la lógica de la época, lo hacía aún más deseable para las clases altas. Después de todo, la rareza era el símbolo de estatus por excelencia. El atractivo del apio no residía solo en su escasez. Durante siglos, se le atribuyeron poderes medicinales, tra- tando todo, desde la indigestión y el insomnio hasta la ansiedad y el dolor.
Campos de apio, Kalamazoo, Michigan, “La Ciudad del Apio”.
Jarrones utilizados
para exhibir apio a finales del siglo XIX.
48 | VISION MAGAZINE |
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