Crónicas de la Industria
Atracción frutal
odas, locuras, fiebres, obsesiones... llámalo como quieras... siempre hay algo que todos “de- ben” tener. A menudo, desatando verdaderas locuras colectivas. Acá recordamos tres casos en que el deseo y obsesión por un producto hortofrutícola se volvió incontenible. Por John Paap M ni siquiera podemos explicar por qué lo queremos. Simplemente sabemos que todos los demás lo quieren y, por lo tanto, “¡yo también!”. Lo hemos visto con los zapatos (¿recuerdas las Ugg?), con los aparatos electrónicos (admito que hice esperar a mi esposa durante horas en la fila para conseguir el primer iPad en 2010... y sí, todavía lo menciona), e incluso con los productos hortofrutícolas, como la locura que generó el kale (o col rizada) algunos años atrás. Pero, ¿es este tipo de obsesión co- lectiva una invención moderna? ¿Una consecuencia del consumismo y la era de Instagram? Sorprendentemente, no. La gente ha estado fascinada por aquel “producto imprescindible” durante siglos. A lo largo de la historia, diferentes frutas y verduras se han puesto de moda encendiendo pasiones y
Pintura del rey Carlos II siendo agasajado con una piña, 1675-1680.
Dado que si estás leyendo esto es muy probable que seas parte del mun- do de las frutas y verduras, te invito a revisar tres curiosos momentos de la historia en los que estos productos no fueron solo alimentos, sino símbolos de estatus. PIÑA: UN DESEO ARISTOCRÁTICO Tras lo que se consideró un primer viaje exitoso, Cristóbal Colón regresó a América en 1493, esta vez con una misión clara: establecer colonias, convertir a los pueblos indígenas al cristianismo e introducir el ganado europeo. De regreso a España en 1496, Colón llegó con regalos para sus mecenas reales, el rey Fernando y la reina Isabel. Entre el oro, las perlas, las flores y los nativos secuestrados, llevaba un objeto particularmente curioso: una piña que logró sobrevivir al viaje. Las demás habían perecido durante la larga travesía marítima. Al probar esta exótica fruta, el rey Fernando declaró: “Su sabor supera al de todas las demás frutas”. Un gran elogio, sin duda, pero solo una anécdota si se compara con la fiebre que estaba por venir. A lo largo del siglo XVI, mientras los exploradores europeos cruzaban el
Atlántico en busca de gloria y fortuna, entre la élite circulaban historias de plantas exóticas y riquezas inimaginables. Una de las maravillas botánicas que más llamaba la atención era la piña: dulce, espinosa y sor- prendentemente desconocida. Dada la dificultad de transportar la fruta a través del océano, la piña se convirtió en un lujo reservado para la realeza y las altas esferas de la sociedad. En 1668, el rey Carlos II de Inglaterra hizo gala del poder simbólico de la piña. Para impresionar al embajador francés de visita, Carlos mandó traer una piña desde Barbados (en aquel entonces colonia inglesa) y la colocó en lo más alto de una suntuosa exhibición de frutas durante la cena. El mensaje era claro: Inglaterra podía obtener esta fruta rara y codiciada, Francia no. A partir de ese momento, la piña se convirtió en el ícono predi- lecto de Carlos para exhibir su riqueza y poder. En 1675, incluso mandó a pintar un cuadro donde figuraba su jardinero, John Rose, regalándole una piña. Esta escena, sin embargo, era completamente ficticia, ya que nadie en Inglaterra había logrado cultivar piñas, y Rose ya había fallecido cuando se realizó el retrato. A medida que se intensificaba la
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